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EL GADU 22/05/09.


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           EL GADU: LIBERTAD DE CULTO,
AFIRMACION DE FE     

José Luis Najenson, MM

Sin duda alguna, e independientemente de dónde y cuándo ubiquemos sus orígenes, la Masonería Operativa tenía una dimensión religiosa. Sea durante la construcción del Primer Templo por el Rey Salomón,  en los Colegios Romanos, o en las guildas medievales, nuestros ancestros operativos invocaban la protección de la Divinidad, como émulos de un Dios o dioses que había (o habían) creado y concebido la magna obra del universo, en el cual la humanidad tenía un rol y un destino. Monoteístas o paganos, los gremios de constructores de iglesias, templos y palacios, vivían inmersos en culturas donde lo religioso impregnaba todos los otros órdenes de la vida cotidiana; "culturas sagradas", como las llama Rudolf Otto  en“Lo Sagrado”, hasta, al menos, la época del Renacimiento, en los siglos XV y XVI. La Masonería Especulativa, desde sus inicios a fines del siglo XVII y comienzos del XVIII, hereda esa dimensión religiosa, aunque ya no esté existiendo en el seno de  culturas "sagradas".

Para el francmasón escocista, "que trabaja a la gloria del GADU", éste es el punto primordial del edificio iniciático. El GADU es invocado al comienzo y al final de los trabajos en todos los grados, dando a los masones que siguen el R.E.A.A.: -y no siendo la Orden una religión ni un culto- el sentimiento de participar en ceremonias sacras, situándose más allá de lo humano; y eso los ayuda a buscar la plenitud de sentido en los trabajos y en la vida misma.

Algunos autores masónicos han tratado de explicar el concepto de GADU mediante una oposición entre deísmo y teísmo y, más específicamente, entre la religión natural y la religión revelada. La corriente deísta, que surge a principios del sigloXVII, alcanzó gran predicamento en el curso del mismo y del siglo XVIII. Mientras el teísmo se basa en la creencia en Dios como Creador y Supremo Rector del mundo, en el cual la presencia del mal es siempre justificada como necesaria, el deísmo reconoce la existencia de Dios como creador de la armonía y maravilla del universo, pero lo excluye de la vida espiritual e histórica del hombre, sumergida en el mal y en el pecado. 

El deísmo filosófico se fundó sobre la base de la religión natural racional, defendida por Herbert de Cherbury y se relacionó con el "Librepensamiento" de la época, oscilando entre la admisión única de la religión natural y las tendencias en las cuales esta religión era identificada con la revelada, aunque siempre por intermedio de la razón. Entre los más destacados deístas del primer enfoque, se puede mencionar al irlandés John Toland (1670-1722), quien fue llamado por primera vez "librepensador", a causa de su oposición a todo lo sobrenatural en la religión y sobre todo en el cristianismo. Frente a los misterios y a lo incomprensible subrayaba los caracteres racionales de la religión natural, que podía ser, a su entender, adoptada por todos y que por su misma universalidad podría constituir la síntesis de todas las religiones en pugna. No obstante, en las postrimerías de su vida, trató de solucionar el problema filosófico del movimiento de la materia como inherente a ésta y no debido a una causa externa, llegando a interpretarla como la realidad última, en una especie de materialismo panteísta que eliminaba todo carácter positivo de la religión y proponía un nuevo culto basado en la fraternidad humana y la adoración de la naturaleza. Entre los deístas del segundo enfoque se puede mencionar a Matthews Tendal (1636-1733) quien, en su "Christianity as old as Creation" (1730), reconoce "la coincidencia absoluta de las religiones natural y revelada, que, por lo tanto, pueden comprenderse racionalmente”. Así, se intenta atribuir el deísmo a la concepción escocesa, por oposición a una tendencia anglosajona supuestamente teísta, lo cual tiene sus bemoles teológicos. El deísta también puede ser esclavo de un filósofo que no conoce. A pesar de esto, no resulta incomprensible la atracción de muchos de nuestros hermanos de entonces por el deísmo, que incluía dentro del teísmo a todas las religiones con dogmas revelados, concebidos como criterio de verdad.

A mi juicio, no obstante, el concepto de GADU es más amplio que el de ambas acepciones, teísta o deísta, y en él puede caber toda concepción de la Divinidad, ya sea de la religión natural o revelada, e incluso de ciertos credos que no provienen del tronco abrahámico monoteísta, como el taoísmo y el budismo.

Por otra parte, la singularidad del concepto de GADU reside en las escasas notas que se le adscriben; es decir, sus cualidades o atributos propios, mucho menos explícitos que en la religión revelada e incluso natural: apenas una velada alusión, también simbólica, a su carácter de Gran Arquitecto, herencia de y concesión a una Orden de Constructores, o su intrínseca libertad. La noción de GADU, a mi parecer, está más cerca, en cierto modo, de la de Maimónides, cuando afirma que “no se puede decir lo que Dios es, sino lo que Dios no es”. Y cabe acotar aquí que los numerosos atributos asignados a EL por todas las religiones positivas monoteístas (Omnisciente, Misericordioso, etc.), le parecían al RAMBAM demasiado antropomórficos.

Lo único que no puede admitir la concepción escocista es el ateísmo. Las Constituciones de 1723, cuya redacción se debió esencialmente a los pastores Anderson y Desaguiliers, y que constituyen la carta mayormente reconocida de la Masonería Especulativa, puntualizan en su artículo primero: "Un masón tiene la obligación de obedecer la ley moral y, si entiende bien el Arte(Real), no será jamás un ateo estúpido ni un libertino irreligioso". Aceptando el contenido del aserto, si bien no su forma, quizá un tanto despectiva, creo lo siguiente:

1.    En la línea del espíritu que caracteriza al escocismo, al designar a la Divinidad con ese concepto fundamental de GADU, señalado por Anderson,  evoca un Principio de Orden regulador del mundo manifestado. Según la Tradición, constituye la clave del rito que trabaja para glorificarle, lo que significa que el escocismo rinde un homenaje de respeto y admiración al Ser Supremo, sin jamás tratar de definirlo, y dejando a cada Hermano adoptar su propia concepción al respecto; siendo admitido que la práctica escrupulosa de los rituales, el estudio del simbolismo, el trabajo y la intuición personal -fuera de todo dogma- son los únicos medios de acceso al contenido iniciático de la Orden.

2.    Para el masón escocista, el GADU es el Ser Supremo por excelencia, pero ningún dogma teológico ni tendencia filosófica alguna debe estarle adjudicado; ni siquiera, a mi juicio, el del deísmo presuntamente antidogmático.

3.   El símbolo del GADU - quizá el más amplio y universal de los símbolos masónicos- no está unido a ninguna creencia colectiva, sea de la índole que fuere, y expresa, por consiguiente, la fe o convicción individual del masón y su adhesión a la total libertad de conciencia,  por más variadas, disímiles y  aun opuestas, que dichas visiones sean entre sí.

Hay quienes lo conciben como la ley que rige la materia, donde los hombres no pueden percibir más que las manifestaciones sensibles; en este caso el universo visible, donde él sería el Principio Conductor y Conservador, o la Divinidad en estado de manifestación. Otros lo consideran como el Organizador, el Geómetra, la fuerza ordenatriz que lucha contra el caos y lo substituye por la armonía; es decir como un principio generador de orden. Otros aún, tal vez la mayoría,  lo conciben como un Dios Creador, principio de la existencia, ya sea el Dios de las religiones reveladas o el más elusivo y abstracto Dios de los filósofos. Pero en todo caso, se lo sitúa de una forma natural en el cuadro del ámbito iniciático, sobre un plano ideal, ya sea trascendiendo al mundo o siendo de algún modo inmanente a él, pero siempre como un símbolo que exalta los valores espirituales más altos, dando el tenor de lo sagrado y conduciendo el viaje a lo invisible. Como decía Voltaire en sus Diálogos Filosóficos: “Este Arquitecto del Universo, si es visible a nuestro espíritu y al mismo tiempo incomprensible,¿cuál es su morada?;¿desde qué cielo, desde qué refugio envía él sus  eternos decretos a toda naturaleza? Yo no sé ni entiendo nada, pero sé que toda la naturaleza le obedece” Desde un ángulo similar, admite Descartes en sus Meditaciones: “Se encuentra en Dios una infinidad de cosas que no puedo abarcar ni entender, pues su naturaleza es infinita y la mía está cerrada y acotada, por lo que no puedo comprender…”

En el Convento Universal de los Supremos Consejos del R.E.A.A. de Lausana, el 22 de septiembre de 1875, los Supremos Consejos adoptaron varios textos al respecto, que nos parece oportuno recordar:

En un documento titulado “Definiciones” se afirma: “La Masonería tiene por doctrina el reconocimiento de una Fuerza Superior, proclamando su existencia bajo el nombre de GADU”. Y en la “Declaración de Principios”: “La Francmasonería proclama la existencia de un Principio Creador, bajo el nombre de Gran Arquitecto del Universo”.

En lo que atañe al Volumen de la Ley Sagrada, la postura del escocismo es igualmente clara: este libro (las Sagradas Escrituras), constituye la Primera de las Tres Grandes Luces del R.E.A.A.; no sólo como expresión simbólica de la voluntad divina, sino como símbolo de la más alta espiritualidad humana.

Este es, asimismo, el mejor testimonio de la capacidad del R.E.A.A. de practicar una verdadera tolerancia activa, también el campo metafísico. Es un regreso a las fuentes desde el punto de vista hermenéutico, y el fundamento de la Regularidad de los masones escocistas.

Cabe destacar aquí otra recomendación del Convento de Lausana: “A los hombres para los que la religión es la consolación suprema, la Masonería les dice: cultivad sin obstáculo vuestra religión, seguid las aspiraciones de vuestra conciencia; la Masonería no es una religión, no tiene un culto, su doctrina se encierra completamente en esta bella prescripción: Ama a tu prójimo como a ti mismo”. El

mismo proverbio del Rabí Hilel y de Jesús de Nazaret.
Ahora bien, en el Manifiesto, se declara: “Para revelar al hombre a sus propios ojos, para hacerlo digno de su misión sobre la tierra, la Masonería postula el principio de que el Creador Supremo ha dado al hombre, como bien más preciado, la Libertad, patrimonio de la Humanidad entera, don que ningún poder tiene el derecho de suprimir o coartar, y que es la fuente de sentimientos de honor y dignidad”. Este concepto de libertad, es, a mi juicio, el principio básico de la filosofía ecléctica  masónica. La masonería ha llevado el concepto de libertad a la esencia espiritual y ha dado una forma accesible a la misma, al colocarla en el plano de la virtud. Esa libertad, inherente al individuo, también es considerada por la Orden como materia prima fundamental de su evolución. Por ello, no sólo debemos hablar de una libertad institucional y política, o recordar el trilema masónico “Libertad, Igualdad, Fraternidad”, adoptado después por la Revolución Francesa, porque sería un enfoque parcial. Debemos, a mi juicio, considerar a la libertad también desde un punto de vista existencial y trascendental; y es allí donde la visión masónica se vuelve sutil y subjetiva, porque, como se ha dicho, “la Masonería es un estado del alma”. La libertad es también del tenor de la existencia, es la palanca -para usar otro símbolo masónico- con la cual se capta la trascendencia, tanto humana (libertad y eternidad del alma), como divina: Dios es libre, y esta libertad dual, para mí, es la que da sentido a la idea de la “imagen y semejanza”, la imago dei del Libro del Génesis. Un filósofo medieval nos advertía que, en el saber, todavía no somos libres; pero señalaba que sin la perpetua búsqueda del conocimiento no hay libertad. De esta libertad, y de una aplicación conciente del libre albedrío bajo el respeto de la ley, es de donde emana el orden. Sin orden no hay libertad, sino caos y libertinaje; a la vez, paradójicamente, el orden surge sólo donde hay libertad, tanto a nivel humano como cósmico: Ordo ab Chao.

Y por último, mis QQ.HH., he aquí como yo interpreto el sugestivo título de este Trazado de Arquitectura, “Gadu: la libertad de culto, afirmación de fe”: libertad de culto en general, afirmación de fe a nivel individual. No se contraponen una a la otra, sino más bien se complementan. Tampoco la palabra fe está reñida -a mi criterio- del lenguaje masónico ni de la visión del mundo de un masón. La fe, así en el GADU como en el hombre, es el cimiento de la búsqueda de la verdad; sin fe en un plan, en un propósito divino, no hay tampoco esoterismo posible, sino  el primitivo ocultismo de la magia. Precisamente la “religatio”, o relación con la Divinidad, es lo que distingue a la magia de la religión. Y si bien los designios de Dios son inescrutables, como se trasluce en el Libro de Job, sin fe en la criatura humana y en su libertad no hay camino de perfección, así sea éste infinito. Por eso, cuando algún Hermano no observante de ninguna religión me dice: “La masonería es mi fe”, lo entiendo sin reproches.



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